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Habíamos concertado con el gerente de la Plaza de Toros de Salamanca que nos dejara rodar allí la escena de la jubilación. Pusimos carteles por las peñas anunciando que se iba a matar un toro a puerta cerrada, el mismo gerente de la plaza contrató a un novillero y a su cuadrilla y compramos un Sepúlveda con un pitón dañado que convenientemente "afeitado" nos serviría para que Justino diese el último puntillazo de su vida laboral. El novillero tenía dieciséis años y ni siquiera había toreado con picadores, pero de eso nos enteramos demasiado tarde. Pasamos un miedo tremendo durante la lidia, pero la cosa quedó en un par de sustos y el difunto "Tramposo" quedó en condiciones de aparecer como figurante en la película. Con los asistentes voluntarios -unos doscientos- Javier Petit -el ayudante de dirección- consiguió llenar el encuadre de modo que pareciera que la plaza estaba llena. En el dossier de prensa no nos cortamos un pelo y hablamos de mil doscientos extras como si aquello fuera "Los diez mandamientos", pero a nadie pareció extrañarle. |
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